Como de vez en cuando me da por protestar, ahí va mi post de hoy:

Cada vez más profesionales dedicados a la consultoría de empresas con los que hablo me comentan cómo se tropiezan con el gran paradigma que sufre (y digo sufre) el ámbito empresarial independientemente del sector. Los comentarios son unánimes independientemente de la procedencia.

El salto hacia al cambio de modelo irremediable e imprescindible empresarial para la digitalización, que comienza con un cambio de cultura para finalizar en ofrecer a los clientes mejores experiencias (y por tanto hacerlas más productivas y competitivas) choca de lleno y enfrenta a dos generaciones que están condenadas a no entenderse. La generación de los nacidos en los 50 y me atrevo a decir hasta la primera mitad de los 60 (y están a punto de jubilarse o prejubilarse) y la generación de sus hijos, los Millenials.

Los Millenials

Mucho se escribe sobre millenials, miles de estudios analizan su comportamiento como consumidores y empleados, como provocadores del cambio. Sin embargo, pocos de los directivos y propietarios de empresas que deben emplearlos están dispuestos a aceptar que su modelo de negocio debe cambiar, que la estructura de la empresa debe evolucionar y en definitiva que la Transformación Digital ya ha llegado y sólo sobrevivirán los que se adapten mejor a ese cambio.

Pese a que hablar de generaciones, como si todos los nacidos en esta u otra fecha seamos iguales (casi como en el horóscopo) si es cierto que hace mucho se estudian los comportamientos sociales y coincidencias que definen a grupos de población según su contexto histórico. Si deseáis saber más, en el estudio que realicé un par de años atrás sobre generación Digital lo resumo.

Pues bien, entre ambas generaciones estamos la llamada X, o también conocida como babyboom (y el nombre significa eso mismo, somos muchísimos) y no es una generación cualquiera. A finales de los 60 y durante los 70 nacieron en España más niños que nunca. ¿Qué significa este dato que parece pasar desapercibido? Que hay una tremenda población entre los 40 y 55 años.

Dirían hoy que nos “apiñábamos” en clases de 42 alumnos, en las universidades asistíamos a clase sentados en el suelo y el servicio militar no daba a bastos creando los cupos de excelencia hasta que definitivamente se eliminó su obligatoriedad.

La generación ignorada, olvidada

Y le voy a denominar la generación olvidada o generación ignorada.
¿Porqué olvidada?
Porque es la generación más ignorada por los gobiernos, por las empresas y por los analistas de mercado y los formadores de opinión.

Para comenzar se legisla para fomentar el emprendendimiento o auto empleo a menores de 30 años cómo puede verse en la última reforma de la ley de autónomos. Me encanta que así sea. Para madres que acaban de tener hijos también.

Sin embargo, ¿y si tienes más de 30, y si tu hijo tiene 10, 15, 20? ¿No tienes derecho a emprender con las mismas condiciones? ¿No deberías tener ventajas al soportar mayores cargas familiares? ¿Y los autónomos que llevan años y llegan a fin de mes con dificultad?¿Quién paga la casa, la hipoteca o el alquiler, en definitiva las facturas? Comprendo que los padres de los chicos de 30 estén deseando que se independicen, pero también los padres de los hijos dependientes estamos deseando poder pagar las facturas todos los meses.

A la hora de ser empleados por cuenta ajena, además de ventajas fiscales exclusivas y discriminatorias, parece que la prioridad está de nuevo en jóvenes y que nos “venden” como trabajadores muy preparados para la tecnología. Un mito. Solo tienen que ver las estadísticas. El porcentaje de edades y uso de la tecnología es prácticamente el mismo. La variación en el uso de las tecnologías en una franja de 30 años (desde los 24 hasta los 54) es de un 10%. Vamos, que no es para tanto.

Fuente: ine.es

Por otro lado respecto a la actividad en RRSS la diferencia entre las edades no es significativa hasta edades más avanzadas.

Meter en el mismo paquete a los que teníamos 20 años cuando llegó internet a nuestros padres o mayores de 60 años es muy llamativo. De dónde han llegado a tan sabía conclusión e incluirnos en el mismo paquete desde los 46 a los 65? Y que me disculpen los analistas, pero me parece información poco coherente con la realidad.

Usuarios de redes sociales por edades

Manejar datos para que salga lo que quiero es una práctica muy habitual especialmente cuando se busca lo que se quiere ver.

¿Qué podemos hacer?

La generación ignorada/olvidada somos los padres de la generación Digital, de aquellos chicos y chicas que prácticamente (si sus padres lo permiten) usan las tecnologías al 100% y que estamos educándo para que se preparen para el futuro tecnólogico y que su uso sea el más correcto posible.

Somos los que que más sufrimos la crisis en nuestra mediana edad, ¿cómo puede obviarse la generación que vivió, aprendió y generó la mayoría de los avances en telecomunicaciones, informática y tecnología?

Las grandes tecnológicas han crecido gracias a nosotros, los primeros usuarios a emplear internet aunque era difícil y carísimo, cualquier aplicación social o a utilizar Amazon para nuestras compras o la banca online por poner ejemplos.

Nos encontramos entre los millenials y sus padres que desean y deseamos acceder a un mercado de trabajo que necesita creatividad e innovación. Un mercado de trabajo que necesita nuestra experiencia y ejercer actividades para las cuales en muchos casos los más jóvenes no están preparados aún por su falta de experiencia.

Para hacer una conversión en una empresa es necesario filtrar lo bueno y positivo del modelo anterior y transformarlo en algo útil, productivo y competitivo en la actualidad.

Pues este enfrentamiento viejo – nuevo está presente en la mayor parte de las conversaciones entre empresarios, empleados y consultores. Cada día cierran empresas y ya no tanto por la crisis. Aún sin tener datos estadísticos, ya que también suelen ser motivos bastante personales por cierto, en la intimidad todos hemos conocido casos en los que la división interna y la falta de consenso sobre la adaptación al cambio provoca el el cierre y despidos de trabajadores cada día en todas las ciudades españolas.

Todo esto sucede por la simple razón de que la generación de los padres de millenials, los que ahora forman la mayor parte del tejido directivo o propietarios de pymes se niegan a asumir que en su día no aceptaron la tecnología como una forma de vida y que ahora es imprescindible para mejorar la productividad del negocio.

Algo que la generación X asumió desde el principio y usamos las tecnologías durante toda su evolución. Recordemos que internet irrumpió cuando la mayoría rondaba los 20 años, es decir aún jóvenes y deseosos de aprender todo lo nuevo. Y aquellos que no quisieron no les queda más remedio que aprender para adaptarse a las nuevas costumbres de ocio y aprendizaje de sus hijos.

La clasificación por generaciones es algo que suele irritarnos más de lo que se piensa. No es cierto que un joven de treinta y tantos sepa mejor cómo utilizar la tecnología que uno de cuarenta y tantos. De hecho hay millenials bastante más analógicos que muchos de la generación anterior. Digan lo que digan las estadísticas.

Conocemos el mundo empresarial anterior y conocemos el actual y si, promovemos el futuro desde hace más de 20 años. Nos hicimos mayores con un modem y pagando por las llamadas locales cuando irrumpían en nuestras vidas los móviles, los teléfonos inteligentes, y las smart tv y la tarifa plana.
Nos relacionamos por el messenger y los foros de MSN antes de que existieran Facebook o Twitter y somos los mayores usuarios de redes sociales, de todas.

Hemos madurado junto a los avances tecnológicos, unos hemos aprendido más y otros menos, pero lo que si es cierto es que el cambio y como dice un amigo, la palanca del cambio está en nuestras manos.

Los jóvenes no tienen experiencia, lo cual aterroriza a los directivos analógicos y nadie de la opinión pública se plantea qué pintamos la generación intermedia en todo esto. Pues mucho, tenemos experiencias, conocemos lo viejo y lo nuevo y lo repito en nombre de todos, sin cambio habrá fracaso.

A mis hijos

Busca tu propia luz, aquella que nada ni nadie es capaz de apagar ni ocultar. Descubre cómo mantenerla siempre brillando, intensa.

Crea, inventa, reinventa, focaliza y activa, mantén siempre tu espíritu y tu cuerpo rodeado de aquello que suma y te “alimente” permanentemente.
No cedas, ni bajes la guardia, queriéndote siempre para poder querer a los demás.

Si brillas, atraerás oscuridad y te intentarán apagar, y también luz si te mantienes. Ciega la oscuridad con tu luz y no temas cuando se acerque demasiado, a veces es difícil mantenerla, los que de verdad te quieren te ayudarán.
Escoge bien, decide con la razón pero guíate por tu corazón. No te traiciones ni te impongas responsabilidades que puedan hacerte daño, sabrás que no son las tuyas si hieren.
No permitas que nadie forme parte de tu conciencia, ella es solo tuya con sus consecuencias.
Aprende de aquellos que brillan y también cuando te equivoques, no culpes a nadie, buscar culpables solo traerá un resultado, no aprenderás y cometerás los mismos errores.
Aléjate del pasado que oprime y recuerda tan solo las lecciones aprendidas.
No temas al futuro, prepárate para gobernarlo, manejarlo y crearlo.
Resiste el mal, rebélate frente a la mentira y el engaño pero no te desgastes, la verdad siempre llega y sitúa a cada mentiroso en el lugar que le corresponde.

Rodeate de aquellos que te conocen y reconocen, sabrás quienes son. No luches por el amor, el amor se siente y no es una batalla, no se gana. Las batallas de amor son solo luchas del ego.

Aléjate de aquellos que piden más de lo que están dispuestos a dar, nunca tendrán bastante y te querrán solo mientras puedas darles.

Brilla siempre, para eso hemos venido, para intentar dar lo mejor que somos y tenemos y si un día ves que te apagas, pide ayuda y busca aquellos que no te intentaron nunca apagar.

Busca tu luz

No es necesario mostrar con el dedo belleza a los ciegos, ni decir con palabras verdades a los sordos, basta con no mentir a quien te escucha o te lee, ni decepcionar a quien confió en ti. Las palabras conquistan temporalmente, pero los hechos, esos si nos ganan o nos pierden para siempre.
En este mundo las apariencias engañan y las palabras también, pero la esencia de una persona no miente, se siente en el Alma. Aunque te vas dando cuenta que se están perdiendo los valores más básicos que tenemos, la sinceridad, la honestidad, la prudencia y lo que es peor, la vergüenza.

Lo más triste es que el mundo está lleno de ciegos con los ojos abiertos.

Por Carmen Conde

Pd: No hay más ciego que el que no quiere ver, especialmente aquellos que tienen la conciencia dolida y no han tenido tiempo de limpiarla. 

Se tu mismo, no temas a los ciegos ni a los sordos. Siempre habrá quien esté dispuesto a ver y escuchar. 

A veces tengo la impresión de convivir con personas que viven mentalmente en los años 50. El mundo ha cambiado y ellos aún no se han dado cuenta.
Se llaman progresistas pero no han progresado desde la época de nuestros abuelos. Continúan con reivindicaciones que ya asumimos cuando éramos niños como reales.

Nosotras ya crecimos pensando que hombres y mujeres tenían los mismos deberes y obligaciones, ya sabíamos que las mujeres debíamos estudiar y no depender de un futuro marido, ya sabíamos que podíamos ser de ciencias y estudiar ingeniería o telecomunicaciones.

Ya asumimos que no nos quedaríamos en casa para cuidar de nuestros hijos y había que descubrir la manera de trabajar y ascender en la vida profesional sin dejar de ser madres.

Creímos e hicimos posible ser femeninas sin dejar de ser luchadoras como el que más. Aprendimos a decir piropos a los hombres igual que ellos a nosotros, a no ruborizarnos ni indignarnos con chistes machistas e inventamos los chistes feministas para compensar.

Qué agotamiento de escuchar desde que nací que somos mujeres y tal con estos derechos y tal. Ya lo sabemos desde que nacimos, la sociedad lo sabe y aquel que no lo sepa que se lo replantee, que mire qué le enseñaron sus padres. Porque a la mayoría ya hace más de 40 años nos educaron así y solo tienen que mirar a su alrededor a la cantidad de mujeres de nuestra generación que está donde ha querido estar al igual que si hubiera nacido niño.

Qué agotamiento de ver a jovencitas decir lo mismo que sus abuelas. Chicas, crezcan y miren más allá del teclado del ordenador. El mundo en el siglo XXI está lleno de mujeres que entonces SÍ fueron valientes y que no necesitaron predicar, solo necesitaron hacer y demostrar.

Nota para las nuevas feministas: he criado y crío a dos niños sola durante más de 15 años sin ayuda, y nunca he dejado de trabajar como comprenderéis.

Nos aislamos algunas veces frente a nuestro ordenador del mundo que nos rodea, no para estar solos y sí para buscar más allá de la realidad que inevitablemente nos toca vivir en ese momento, buscar conocimiento, información o relaciones aunque sean supericiales con otros “iguales”.

Atravesando la pantalla encontramos en las redes los oídos, la compañía, las risas y los abrazos que nos faltan, la esperanza de no sentirnos tan bichos raros al encontrar otras personas similares y no importa dónde.

La posible interesada amistad del mundo real aquí se evapora si se sabe ser sincero, si se sabe escoger de quien te rodeas y como un soplo de aire fresco, se recupera la autoestima y la seguridad en uno mismo, esa que no debería perderse pese a todo y pese a todos.

Hay quien se preocupa por el exceso del uso de las relaciones a distancia y no llega a comprender que es una forma de salir del mundo real, es la oportunidad de salir del yo formal y políticamente correcto, de dejar volar el propio yo que duele preso dentro de los formalismos del día a día. Esos mismos círculos de amistad y relaciones que nos creamos y nos vemos incapaces de soltar. Es un aprendizaje, es un ensayo para prepararse a decir que NO.

Allí (y en el mundo real), muchos de nosotros no queremos relacionarnos con aquellos que no conectan, no queremos decir siempre aquello que “queda bien” y vivir en silencio permanente. Que sentimos que ser popular no significa ser mejores, hartos estamos desde pequeños de ver como el “popular” era el más tramposo, el más gamberro, el “graciosillo” que se saltaba todas las normas e incluso tenía por pasión humillar a los más débiles.

Que ese precio por la popularidad no nos interesa a muchos. Que en los medios más allá del ámbito físico gana también el que más presume, el que más aparenta, escandaliza, irrita, el que más dice ser, el que plagia sin mencionar, el que “roba” constantemente y colecciona ideas de los demás de forma superficial. Tantos que repiten ideas que no son propias y se adueñan de ellas…

La creatividad, la autenticidad no es posible copiarla en esencia, por muchos palmeros que tengas. No, no estoy aquí, y los que me leéis y sois parte de mi vida digital tampoco, para ser “popular”. NO gracias, esa realidad ya la tenemos que soportar en la vida real.

Lo que te llena, lo que da sentido a todo esto es tener personas que te apoyan, que están ahi cuando los necesitas, que puedes pedirle aunque solo sea cinco minutos de su tiempo para escucharte, que convierten un mal día en varias carcajadas y te acuestas finalmente con la sonrisa puesta. Es aprender a valorar lo que merece la pena, es recuperar la esperanza de que  las personas reales y autenticas existen. Es leer día a día personas reales sin miedos ni vergüenza, sin superficialidades. Y sé y soy consciente de que me repito.

¿Cómo es posible? Conoces personas maravillosas que en las redes “sociales” se comportan como robots, ¿”auténticos” en el entorno cercano y “autómatas” en la vida digital? Son Sociales, y su nombre no es casual. Me disculpen todos, pero alguien que es un autómata en sus redes “sociales” es imposible que sea auténtico y sincero (o le importa cero “patatero” su comunidad).

Y ya nos invade la publicidad de forma totalmente individual, nos acosan y martillean activistas políticos que tienen mucho que ganar por un puñado de seguidores, nos intentan manipular como si fuéramos una sociedad infantil, vulnerable y susceptible. Suplantan identidades creadas a medida para sensibilizarnos en estafas económicas, sociales e ideológicas. Están convirtiendo la mejor herramienta social de la historia en un arma de manipulación masiva. Y lo peor es que nos estamos dejando y muchos (demasiados) están contribuyendo a que así sea.

Es bueno, positivo que todos sepan a qué nos dedicamos, por qué no. Que siempre buscamos a alguien conocido para establecer relaciones comerciales es un hecho y las redes prolongan el boca a boca. Pero estamos llegando al extremo de la invasión y la despersonalización, destruyendo medios de relacionarse reales (y de recomendaciones) por verdaderos tablones publicitarios.

Apuesto por decir NO, no permitas que aquello de lo que huyes invada tu intimidad. Busca la autenticidad y expulsa de tu vida a los “gamberros populares” que alimentan su ego y sus bolsillos a costa de nuestra necesidad de conectar.

De cada uno de nosotros depende que un cambio sea posible.

“Lola, no me escribes”

De esta forma aparecía periódicamente, cuando pasaban dos semanas sin escribir, cobrándome un nuevo post mi querido amigo Fer. Así firmaba y se despedía siempre Fernando Altuna.

Antes de conocerlo solía escribir para guardar los textos debajo del colchón o retazos de 140 caracteres. Con aquellos pensamientos hechos públicos era suficiente, hasta que Fer me animó a romper con la intimidad y expresar lo que dentro de mi deseaba salir. Este blog que en parte fue idea suya fue el medio por el que poco a poco volví a ser extrovertida gracias a largas conversaciones con él y que nada tenían que ver con las que se mantenían por otros medios.

Me llamaba “Lola pluscuamperfecta”, y nunca entendí qué significaba realmente aunque sabía que era bueno, o “perfectamente imperfecta” y “auténtica”. Cuando era necesario, criticaba lo que hiciera falta y recomendaba dejar las estructuras arquitectónicas mentales para dejar volar la emoción. Me retaba a destruir todos los miedos, y para él y por él escribí “Quítale el miedo que siente” entre otros. Sus miedos, mis miedos, los nuestros.

Aunque nunca había recibido tan bellas palabras, empuje, ánimos y fuerzas , consiguió que no me sonrojara ni por recibir halagos inusuales, ni por escribir y publicar lo que veía y sentía. Un auténtico guía como imagino que lo fue para todos aquellos que lo tuvieron cerca y disfrutaron su forma de ser y querer. Él era sabio conocedor de los límites internos, de la lucha por Ser, ansiaba en el fondo sentir de otra forma.

El dolor decía que “no es opcional, el sufrimiento si”. Nunca olvidaré esas palabras.

El dolor que aún sentía y sintió cuando la injusticia se cruzó por su camino arrebatándole a su padre y obligándolos a crecer en perpetua necesidad de su amor. Su sensibilidad no le permitió sanar completamente, los que le conocemos lo sabemos. Y pese a ello, encontraba aquellos momentos felices de partidos con Altuna Txiki, de paseos y momentos mágicos junto a su amor y que compartió con todos nosotros en esporádicos instantes de 140 caracteres.

Te veía feliz Fer. Me duele que todo el amor que has dado y recibido no haya bastado para compensar el dolor que sufrías a ratos en silencio, en otros muchos luchando no sólo por el tuyo propio, sino por el de todas las víctimas.

Imaginaba siempre lo que debías sufrir cuando los asesinos ganaban espacios en contra de lo que el sentido común nos enseña, espacios en gobiernos de pueblos, ciudades e instituciones. Espacios de televisión que venden a cualquier precio prestándole el micrófono a quien debería ser aislado moralmente de la sociedad.
Imaginaba tu dolor cuando leía hace apenas unos días que las placas, que marcan el lugar donde tantos padres, madres, hijos y amigos fueron arrebatados de sus seres queridos, serían retiradas de las calles.

Fer, no entiendo porqué te has ido, porqué nos dejaste. Ni siquiera si fue voluntario o no. Si te puedo decir que la lucha no será la misma sin ti. Todos te echaremos de menos cuando reabra sus puertas El Café Comercial.

Siento haber tardado en escribirte, gracias a ti tengo una nueva vida Fer.

“Buenas noches Cariños”.

 

martillo

No, no vivíamos mejor sin móviles.

Si, me he levantado con ganas de llevar la contraria.

Llevo años leyendo blogs, artículos (y escuchando charlas) demonizando el uso de las nuevas tecnologías. Ahora que ya se cree que hay una generación que ha vivido enganchada a ellas llegan estudios y conclusiones que generalizan toda una franja de edad.

Y es que siempre me ha molestado la generalización, incluso cuando he estudiado recientemente a la generación más joven de ellas, la generación digital, me quedé con el concepto de Javier Elzo, especialista donde los haya (y al cual recomiendo) en el estudio de la juventud hace varias generaciones. Al menos él, eludiendo de la generalidad, clasifica en cuatro grupos a nuestros jóvenes, algo es algo.

En sus estudios y conclusiones las características que distinguen los cuatro grupos que forman parte de una misma generación llegan a ser completamente opuestas y contrarias entre ellas, por tanto lo considero una aproximación a la realidad.

Percibo que muchos de los que hablan o bien olvidaron su juventud, o tienen un recuerdo idealizado de cómo fue o simplemente ellos creen que su caso personal es el reflejo de sus tiempos. Tanto la generalidad como la personificación de una experiencia a la totalidad las considero erróneas.

No dejemos de pensar que lo largo de la historia, e independientemente de haber nacido en Manhattan o en la selva amazónica, los jóvenes siempre se han enfrentado a sus mayores y “luchado” por cambiar su sistema de vida. Y los “mayores” siempre han sentido cierta frustración por no comprender a sus jóvenes. Es ley de vida, innato al ser humano, los tiempos cambian, y demos gracias que siempre cambiarán.

Mi punto de vista y lo que he podido estudiar sobre el tema me obliga a recordarles que todos fuimos jóvenes y algunas generaciones hemos convivido entre universitarios exitosos, tops models, cantantes en las primeras listas con su primer single y muchas, muchísimas víctimas mortales de las drogas, gente normal que sacaba la carrera a duras penas y otros que ni siquiera aspiraban a ver una universidad en su vida.

Y de allí venimos los “babyboomers” (hace poco supe que tenemos un nombre). Descubrimos Internet a medidados de los 90’ con apenas “veinteytantos” años, los móviles, las páginas web, el correo electrónico, el Messenger y los foros antes de los 30,  y aún éramos jóvenes.

Hay un mito que relaciona directamente la edad con la tecnología, los móviles e internet. Todos conocemos mayores de 50 y 60 años muy hábiles, y adolescentes que se niegan a tener redes sociales. ¿Han oido hablar de los Knowmads? Es una forma de vida, de trabajar y de ser, no una edad, y es en este concepto donde los tópicos se derrumban para la desgracia de los “generacionistas”.

La mayoría de las personas que conozco tienen una preciosa historia que contar por culpa de una máquina. La tecnología y los móviles han supuesto una explosión de la sociabilización. Y nadie me quita esa idea. Grandes amistades se han fraguado gracias a las “maquinitas”, a las redes sociales y a la oportunidad de poder conectar con mentes e ideas como las nuestras, independientemente del país donde vivas, del barrio donde te tocó nacer o vivir, de la “puñetera” familia que te ha tocado o del maldito colegio en el que nadie te entiende.

Saquen las conclusiones que quieran, si los niños no van al parque es porque sus padres no los llevan, si veis jóvenes arrepiñados en un banco cada uno con su móvil pueden estar riéndose a carcajadas con el compañero que no pudo salir por culpa de una gripe. Hay que educar y enseñar a nuestros hijos a moverse en el mundo actual, no en el de hace más de 30 años. ¿Es necesario un esfuerzo? Educar nunca fue sencillo para ningún padre.

Si me estás leyendo ahora es porque gracias a la tecnología nos unieron las ideas y nos seguimos en las redes sociales aunque nunca nos hayamos visto. Y aunque nunca nos hemos visto, compartimos alegrías, tristezas, aburrimiento e indignación cada día, libremente y sin obligación, no como aquel “amigo” que se ofende porque “hace tres meses que no tomamos una cerveza juntos”.

Gracias a las tecnologías y los móviles sabemos que no estamos solos, que si algo sucede en mitad de la noche con el coche, alguien nos va a socorrer, que si estamos enfermos y es el cumpleaños del peque no se quedará sin regalo, que cuando nuestros hijos se muden podremos escuchar su voz y ver el brillo de sus ojos a través de Skype.

En el campo corporativo nos hace más productivos, ha dado acceso a pequeños y medianas empresas a dar a conocer su trabajo. Hace posible que músicos, escritores, profesores y profesionales de todos las ramas tengan su propia voz, más allá de su ámbito geográfico. Estamos en la era del conocimiento, de la información, de la transformación digital para hacernos la vida mucho más sencilla y satisfactoria.

Que no me cuenten historias, que el problema no es el martillo, es la mano que lo levanta.

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Nací en el año de la revolución del 68. En aquellos tiempos los cuerpos femeninos conocían la minifalda, el bikini, los vestiditos, o las tirantas. Junto a los cambios en nuestra forma de vestir se dieron uno de los mayores saltos hacia la libertad de la mujer.

Mi madre me trajo al mundo con 23 años. Había crecido en un mundo donde la mujer no podía tener cuentas corrientes a su nombre, dependía financieramente y legalmente de un hombre y el adulterio si era cometido por una mujer era penado con la cárcel. Su padre consideraba a la mujer un nivel inferior a un caballo o un perro. Así fue para muchas, más de lo que se pueden imaginar.

En ese ambiente nacimos muchas. En ese ambiente, nuestras madres nos educaron para que muestro mundo fuera distinto. Y consiguieron hacernos ver que nosotras éramos las que debíamos contribuir a cambiarlo, y mantenerlo. Nos educaron de forma distinta a aquella que lo hicieron sus madres, nuestras abuelas.

La universidad para nosotras era obligatoria, había que demostrar que éramos igual de capaces que ellos, que no todas teníamos que ser enfermeras, secretarías o esposas, hacer deportes o arreglar un enchufe, a ser independientes, a poder vivir sin depender de nadie.
Recuerdo que en las clases de informática o las carreras de ciencias éramos siempre una de cada diez como máximo, o pocas osamos a conducir una moto que no fuera una Scooter.

Aprendimos a no ser “la mujer de” y ser simplemente nosotras, a no dejar que nadie por el hecho de ser hombre pudiera decirte qué hacer. Tuvimos que filtrar entre muchísimos jóvenes los machistas de los oportunistas que se consideraban feministas para vivir a costa de cualquiera de nosotras. No sobrecargarnos de trabajo por querer hacerlo todo y no ha sido fácil. Por lo general es más fácil “hacerlo y punto” que delegar y vivir en un caos, aunque sé que muchas de nosotras no lo ha conseguido.

Enfrentarnos a nuestros padres para que nuestros hermanos colaboraran en las tareas del hogar igual que nosotras, y no se sintieran superiores.

En nuestra forma de vestir había que negociar la altura de la falda, el tamaño del escote, la altura de los tacones, el uso de algo de maquillaje para ir a una fiesta, buscar playas para tomar el sol en topless en paz sin insultos ni amenazas, etc.

Nunca perdimos nuestro derecho a ser mujeres y no transformarnos en aquello que ya existía de niñas, la anti mujer. Aquella que debía descuidar su aspecto para demostrar que era igual a un hombre, a un hombre que lógicamente descuida su aspecto. Ellas creían que si te arreglabas o usabas tacones o una vestimenta determinada, no eras una mujer liberada. Entre unos y otros, regateando entre todos los extremos hemos llegado hasta aquí. Madres, trabajadoras, cuidadas hasta el punto que hemos podido hacerlo por la naturaleza y la genética de cada una y educando a nuestros hijos que para ser mujer no hay que dejar de serlo, y que para ser hombre no tienes que ser más ni mejor que una mujer.

Nos enseñaron en definitiva a ser mujeres, madres y por encima de todo personas. Ese rol tan complicado y que tan poca base de experiencia se tenía en la historia de nuestra humanidad salvo raras excepciones. Podíamos admirar tanto a una gran científica como a una de las súper modelos que invadían los medios, nada era incompatible. Y nadie nos contó cómo hacerlo. Solo había que sentirlo.

Las nuevas feministas en mi opinión  deben tener pendientes aún cómo ser personas por encima de todo. No han aprendido a decir No, no saben escoger y filtrar aquellas personas con las que merece compartir el tiempo y la vida. No han sabido y no saben que los demás no son como ellas quieren, que son ellas las que deben decidir con quién estar o a quienes rechazar. No aceptan que otras mujeres puedan ser aparentemente más atractivas. La envidia, los celos y la poca confianza en sí mismas les produce una tremenda insatisfacción que o bien les hace desear dejar de comer para convertirse en “aquella” o prefieren que se cree una cultura antifemenina para prevalecer sobre las demás. La condición física nunca es impedimento ni refugio de traumas y falta de amor propio. Todo ello es superficialidad. Ni la belleza se transforma con un maquillaje, ni te sientes más segura por perder unos kilos. Es algo más profundo que un milagro de Photoshop.

Me aterra pensar que mujeres hechas y derechas sienten vergüenza de sus kilos de más y de su tripa vencida por los hijos o las marcas de su trabajo sedentario para disfrutar de su traje de baño, caminar tranquilas por la playa o jugar con sus hijos y nietos.

Ser persona en este sentido es vencer los estereotipos y estar orgullosos de quienes somos, o al menos ser conscientes de nuestros complejos e intentar resolverlos. La belleza está en la seguridad en sí mismo, la dulzura de una mirada, la risa sincera y mil características más que no caben en este post.

Siento que ellas defienden la libertad de oprimir, de consentir la opresión y achacarla a un mero símbolo cultural. De símbolos culturales estábamos llenos aquí en los años cincuenta. No es el camino que nuestras madres y abuelas tomaron y hoy nos hace ser quienes somos como mujeres.

No es cultural que existan países donde la mujer debe ir tapada para no ser agredida y condenada. No admitiremos muchas de nosotras que ellas digan que prefieren ir así, que es una opción. No al menos hasta que puedan hacerlo al menos cuando lo deseen sin suponer un conflicto familiar o legal. Igual que no admitíamos a aquellas mujeres que educaban hace años a sus hijos como auténticos machistas con derecho a pegar a su mujer “cuando se portaba mal”. O tampoco admitíamos aquellos señores que nos llamaban de todo por tomar el sol en topless aunque fuera legalmente permitido.

No les dimos la razón a nuestros machistas contemporáneos, no os vamos a dar la razón a vosotras busquéis los argumentos que busquéis.

 

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Te paras a pensar y haces la cuenta del número de personas responsables, honestas y cumplidoras que has conocido. La media es bastante mala. Cuando eres joven crees que madurar y convertirte en adulto es convertir principalmente esas cualidades en realidad, en parte de tu forma de ser y actuar.

Falso, existe una gran parte de ellos que se hace adulto sin tener en cuenta ninguno de esos valores que tus padres te enseñaron. Miras alrededor y ves tanto mediocre, irresponsable, pasota, deshonesto y desinteresado que llegan más lejos que tú, que te hace cuestionar si realmente no has hecho “el tonto” creciendo y madurando.

Te preguntarás cómo ellos consiguen alcanzar todo aquello que a ti te cuesta tanto. Lo desconozco, no tengo referencias, nadie me enseñó a ser distinta.

Siento decirte que no puedo educarte de otra forma. Se supone que siendo honesto, cumplidor, esforzado, responsable y competente llegaras al lugar que te propongas. No es que no lo haya conseguido, por el momento no me puedo quejar, aunque tengo que confesarte que te sentirás desmotivado cuando veas los irresponsables crecer y tal vez alcanzar mejores puestos que tú.

Quizás te desesperes cuando observes la falta de interés de aquellos con los que trabajas por realizar un trabajo bien hecho. Te angustiarás cuando los deshonestos consigan más y más poder e incluso intenten controlar tu vida.
Te deprimirás cuando los incompetentes profesionales, lo sean por voluntad propia y aún así parezca que sufren menos para llegar al mismo lugar que tú.

Me gustaría enseñarte a vivir en este mundo hipócrita y falso donde la gente normal escasea o tal vez se esconde. Pero no me enseñaron cómo hacerlo de otra forma.

Sí te cuento que aunque sientas todo esto, rabia, depresión o impotencia, algo puedo enseñarte.

No mirar lo que hacen los demás, ni hasta dónde pueden llegar. Dedícate a cumplir tus sueños. Constrúyelos en el aire, da forma a cada detalle, recréate en tu imaginación y sonríe, disfrútalo mientras lo haces.

Acuéstate cada noche construyendo el siguiente paso y amanece cada día dando ese paso más, acercándote a él. Planifica. No tengas miedo de sufrir por el camino, te decepcionarás más veces de las que crees soportar. Solo quien se puso a prueba y lo intentó consiguió alcanzar la meta. Si te paras tienes la absoluta certeza de que nunca lo conseguirás. Muchos te intentarán convencer de que estás loco, te pintarán tus planes de color grisáceo. No les prestes atención, solo tienen celos de quién es capaz de vivir su sueño.
Vive cada día acercándote un poco más a todo aquello que deseas para tu vida, y si cambias de opinión, cambia de dirección. Pero nunca mires qué hacen los mediocres a tu alrededor.

¡Hay tantas cosas que tengo que enseñarte y que sé que querrás aprender por ti mismo! Pero aquí lo dejo, en todos estos apuntes. Si un día no estoy y necesitas respuestas, quizás alguna de estas líneas del blog puedan hacerlo por mí.

Falta el aire, ahoga y asfixia. Diluye 

Como un agujero negro absorbiendo la luz. Apaga aunque te resistas, te debatas o mires hacia otro lado.

La falsedad y la hipocresía, el ego perpetuo incesante y constante lo envuelve todo. Falta la espontaneidad y la banalidad, el desenfado y el bienestar.

Sobran rutinas convertidas en palabras, aburrimiento mental que oxida las ideas y frena las alas de la imaginación. Sobra planificar los minutos y despreciar a cambio el impulso. Sobra el ABC de cada día, y cada una de sus letras. 

Falta dar patadas a las casillas, resistirse a ser una pieza más del puzzle que dicen solo encajar en un lugar. 

Qué triste y predecible, en palabras y pensamientos, en frases hechas y conversaciones ensambladas llenas de tópicos, vacías de contenido.

Qué vacías suenan las risas cuando son premeditadas. Es un absurdo vivir en la superficie. 

Qué triste pensar que los demás son inferiores o simplemente tontos, carentes de memoria y si acaso sin sentido común para razonar por si mismos. Qué avergonzante es el orgullo y la superioridad moral.

Qué deprimente aquel que calla esperando la tormenta pasar, incapaz de resolver sus conflictos y deja sin final una historia que debe terminar. Qué falta de respeto abandonar aquello que se comienza y huir de la realidad.

Qué vida triste la de aquel que no posee la risa espontánea ni la siente. Que no dibuja la sonrisa sin razón.

Qué horror vivir pendiente del ego y olvidar que detrás de él existes.

Yo pensé que eras distinto….