A mis hijos

Busca tu propia luz, aquella que nada ni nadie es capaz de apagar ni ocultar. Descubre cómo mantenerla siempre brillando, intensa.

Crea, inventa, reinventa, focaliza y activa, mantén siempre tu espíritu y tu cuerpo rodeado de aquello que suma y te “alimente” permanentemente.
No cedas, ni bajes la guardia, queriéndote siempre para poder querer a los demás.

Si brillas, atraerás oscuridad y te intentarán apagar, y también luz si te mantienes. Ciega la oscuridad con tu luz y no temas cuando se acerque demasiado, a veces es difícil mantenerla, los que de verdad te quieren te ayudarán.
Escoge bien, decide con la razón pero guíate por tu corazón. No te traiciones ni te impongas responsabilidades que puedan hacerte daño, sabrás que no son las tuyas si hieren.
No permitas que nadie forme parte de tu conciencia, ella es solo tuya con sus consecuencias.
Aprende de aquellos que brillan y también cuando te equivoques, no culpes a nadie, buscar culpables solo traerá un resultado, no aprenderás y cometerás los mismos errores.
Aléjate del pasado que oprime y recuerda tan solo las lecciones aprendidas.
No temas al futuro, prepárate para gobernarlo, manejarlo y crearlo.
Resiste el mal, rebélate frente a la mentira y el engaño pero no te desgastes, la verdad siempre llega y sitúa a cada mentiroso en el lugar que le corresponde.

Rodeate de aquellos que te conocen y reconocen, sabrás quienes son. No luches por el amor, el amor se siente y no es una batalla, no se gana. Las batallas de amor son solo luchas del ego.

Aléjate de aquellos que piden más de lo que están dispuestos a dar, nunca tendrán bastante y te querrán solo mientras puedas darles.

Brilla siempre, para eso hemos venido, para intentar dar lo mejor que somos y tenemos y si un día ves que te apagas, pide ayuda y busca aquellos que no te intentaron nunca apagar.

Busca tu luz

No es necesario mostrar con el dedo belleza a los ciegos, ni decir con palabras verdades a los sordos, basta con no mentir a quien te escucha o te lee, ni decepcionar a quien confió en ti. Las palabras conquistan temporalmente, pero los hechos, esos si nos ganan o nos pierden para siempre.
En este mundo las apariencias engañan y las palabras también, pero la esencia de una persona no miente, se siente en el Alma. Aunque te vas dando cuenta que se están perdiendo los valores más básicos que tenemos, la sinceridad, la honestidad, la prudencia y lo que es peor, la vergüenza.

Lo más triste es que el mundo está lleno de ciegos con los ojos abiertos.

Por Carmen Conde

Pd: No hay más ciego que el que no quiere ver, especialmente aquellos que tienen la conciencia dolida y no han tenido tiempo de limpiarla. 

Se tu mismo, no temas a los ciegos ni a los sordos. Siempre habrá quien esté dispuesto a ver y escuchar. 

A veces tengo la impresión de convivir con personas que viven mentalmente en los años 50. El mundo ha cambiado y ellos aún no se han dado cuenta.
Se llaman progresistas pero no han progresado desde la época de nuestros abuelos. Continúan con reivindicaciones que ya asumimos cuando éramos niños como reales.

Nosotras ya crecimos pensando que hombres y mujeres tenían los mismos deberes y obligaciones, ya sabíamos que las mujeres debíamos estudiar y no depender de un futuro marido, ya sabíamos que podíamos ser de ciencias y estudiar ingeniería o telecomunicaciones.

Ya asumimos que no nos quedaríamos en casa para cuidar de nuestros hijos y había que descubrir la manera de trabajar y ascender en la vida profesional sin dejar de ser madres.

Creímos e hicimos posible ser femeninas sin dejar de ser luchadoras como el que más. Aprendimos a decir piropos a los hombres igual que ellos a nosotros, a no ruborizarnos ni indignarnos con chistes machistas e inventamos los chistes feministas para compensar.

Qué agotamiento de escuchar desde que nací que somos mujeres y tal con estos derechos y tal. Ya lo sabemos desde que nacimos, la sociedad lo sabe y aquel que no lo sepa que se lo replantee, que mire qué le enseñaron sus padres. Porque a la mayoría ya hace más de 40 años nos educaron así y solo tienen que mirar a su alrededor a la cantidad de mujeres de nuestra generación que está donde ha querido estar al igual que si hubiera nacido niño.

Qué agotamiento de ver a jovencitas decir lo mismo que sus abuelas. Chicas, crezcan y miren más allá del teclado del ordenador. El mundo en el siglo XXI está lleno de mujeres que entonces SÍ fueron valientes y que no necesitaron predicar, solo necesitaron hacer y demostrar.

Nota para las nuevas feministas: he criado y crío a dos niños sola durante más de 15 años sin ayuda, y nunca he dejado de trabajar como comprenderéis.

Nos aislamos algunas veces frente a nuestro ordenador del mundo que nos rodea, no para estar solos y sí para buscar más allá de la realidad que inevitablemente nos toca vivir en ese momento, buscar conocimiento, información o relaciones aunque sean supericiales con otros “iguales”.

Atravesando la pantalla encontramos en las redes los oídos, la compañía, las risas y los abrazos que nos faltan, la esperanza de no sentirnos tan bichos raros al encontrar otras personas similares y no importa dónde.

La posible interesada amistad del mundo real aquí se evapora si se sabe ser sincero, si se sabe escoger de quien te rodeas y como un soplo de aire fresco, se recupera la autoestima y la seguridad en uno mismo, esa que no debería perderse pese a todo y pese a todos.

Hay quien se preocupa por el exceso del uso de las relaciones a distancia y no llega a comprender que es una forma de salir del mundo real, es la oportunidad de salir del yo formal y políticamente correcto, de dejar volar el propio yo que duele preso dentro de los formalismos del día a día. Esos mismos círculos de amistad y relaciones que nos creamos y nos vemos incapaces de soltar. Es un aprendizaje, es un ensayo para prepararse a decir que NO.

Allí (y en el mundo real), muchos de nosotros no queremos relacionarnos con aquellos que no conectan, no queremos decir siempre aquello que “queda bien” y vivir en silencio permanente. Que sentimos que ser popular no significa ser mejores, hartos estamos desde pequeños de ver como el “popular” era el más tramposo, el más gamberro, el “graciosillo” que se saltaba todas las normas e incluso tenía por pasión humillar a los más débiles.

Que ese precio por la popularidad no nos interesa a muchos. Que en los medios más allá del ámbito físico gana también el que más presume, el que más aparenta, escandaliza, irrita, el que más dice ser, el que plagia sin mencionar, el que “roba” constantemente y colecciona ideas de los demás de forma superficial. Tantos que repiten ideas que no son propias y se adueñan de ellas…

La creatividad, la autenticidad no es posible copiarla en esencia, por muchos palmeros que tengas. No, no estoy aquí, y los que me leéis y sois parte de mi vida digital tampoco, para ser “popular”. NO gracias, esa realidad ya la tenemos que soportar en la vida real.

Lo que te llena, lo que da sentido a todo esto es tener personas que te apoyan, que están ahi cuando los necesitas, que puedes pedirle aunque solo sea cinco minutos de su tiempo para escucharte, que convierten un mal día en varias carcajadas y te acuestas finalmente con la sonrisa puesta. Es aprender a valorar lo que merece la pena, es recuperar la esperanza de que  las personas reales y autenticas existen. Es leer día a día personas reales sin miedos ni vergüenza, sin superficialidades. Y sé y soy consciente de que me repito.

¿Cómo es posible? Conoces personas maravillosas que en las redes “sociales” se comportan como robots, ¿”auténticos” en el entorno cercano y “autómatas” en la vida digital? Son Sociales, y su nombre no es casual. Me disculpen todos, pero alguien que es un autómata en sus redes “sociales” es imposible que sea auténtico y sincero (o le importa cero “patatero” su comunidad).

Y ya nos invade la publicidad de forma totalmente individual, nos acosan y martillean activistas políticos que tienen mucho que ganar por un puñado de seguidores, nos intentan manipular como si fuéramos una sociedad infantil, vulnerable y susceptible. Suplantan identidades creadas a medida para sensibilizarnos en estafas económicas, sociales e ideológicas. Están convirtiendo la mejor herramienta social de la historia en un arma de manipulación masiva. Y lo peor es que nos estamos dejando y muchos (demasiados) están contribuyendo a que así sea.

Es bueno, positivo que todos sepan a qué nos dedicamos, por qué no. Que siempre buscamos a alguien conocido para establecer relaciones comerciales es un hecho y las redes prolongan el boca a boca. Pero estamos llegando al extremo de la invasión y la despersonalización, destruyendo medios de relacionarse reales (y de recomendaciones) por verdaderos tablones publicitarios.

Apuesto por decir NO, no permitas que aquello de lo que huyes invada tu intimidad. Busca la autenticidad y expulsa de tu vida a los “gamberros populares” que alimentan su ego y sus bolsillos a costa de nuestra necesidad de conectar.

De cada uno de nosotros depende que un cambio sea posible.

“Lola, no me escribes”

De esta forma aparecía periódicamente, cuando pasaban dos semanas sin escribir, cobrándome un nuevo post mi querido amigo Fer. Así firmaba y se despedía siempre Fernando Altuna.

Antes de conocerlo solía escribir para guardar los textos debajo del colchón o retazos de 140 caracteres. Con aquellos pensamientos hechos públicos era suficiente, hasta que Fer me animó a romper con la intimidad y expresar lo que dentro de mi deseaba salir. Este blog que en parte fue idea suya fue el medio por el que poco a poco volví a ser extrovertida gracias a largas conversaciones con él y que nada tenían que ver con las que se mantenían por otros medios.

Me llamaba “Lola pluscuamperfecta”, y nunca entendí qué significaba realmente aunque sabía que era bueno, o “perfectamente imperfecta” y “auténtica”. Cuando era necesario, criticaba lo que hiciera falta y recomendaba dejar las estructuras arquitectónicas mentales para dejar volar la emoción. Me retaba a destruir todos los miedos, y para él y por él escribí “Quítale el miedo que siente” entre otros. Sus miedos, mis miedos, los nuestros.

Aunque nunca había recibido tan bellas palabras, empuje, ánimos y fuerzas , consiguió que no me sonrojara ni por recibir halagos inusuales, ni por escribir y publicar lo que veía y sentía. Un auténtico guía como imagino que lo fue para todos aquellos que lo tuvieron cerca y disfrutaron su forma de ser y querer. Él era sabio conocedor de los límites internos, de la lucha por Ser, ansiaba en el fondo sentir de otra forma.

El dolor decía que “no es opcional, el sufrimiento si”. Nunca olvidaré esas palabras.

El dolor que aún sentía y sintió cuando la injusticia se cruzó por su camino arrebatándole a su padre y obligándolos a crecer en perpetua necesidad de su amor. Su sensibilidad no le permitió sanar completamente, los que le conocemos lo sabemos. Y pese a ello, encontraba aquellos momentos felices de partidos con Altuna Txiki, de paseos y momentos mágicos junto a su amor y que compartió con todos nosotros en esporádicos instantes de 140 caracteres.

Te veía feliz Fer. Me duele que todo el amor que has dado y recibido no haya bastado para compensar el dolor que sufrías a ratos en silencio, en otros muchos luchando no sólo por el tuyo propio, sino por el de todas las víctimas.

Imaginaba siempre lo que debías sufrir cuando los asesinos ganaban espacios en contra de lo que el sentido común nos enseña, espacios en gobiernos de pueblos, ciudades e instituciones. Espacios de televisión que venden a cualquier precio prestándole el micrófono a quien debería ser aislado moralmente de la sociedad.
Imaginaba tu dolor cuando leía hace apenas unos días que las placas, que marcan el lugar donde tantos padres, madres, hijos y amigos fueron arrebatados de sus seres queridos, serían retiradas de las calles.

Fer, no entiendo porqué te has ido, porqué nos dejaste. Ni siquiera si fue voluntario o no. Si te puedo decir que la lucha no será la misma sin ti. Todos te echaremos de menos cuando reabra sus puertas El Café Comercial.

Siento haber tardado en escribirte, gracias a ti tengo una nueva vida Fer.

“Buenas noches Cariños”.

 

martillo

No, no vivíamos mejor sin móviles.

Si, me he levantado con ganas de llevar la contraria.

Llevo años leyendo blogs, artículos (y escuchando charlas) demonizando el uso de las nuevas tecnologías. Ahora que ya se cree que hay una generación que ha vivido enganchada a ellas llegan estudios y conclusiones que generalizan toda una franja de edad.

Y es que siempre me ha molestado la generalización, incluso cuando he estudiado recientemente a la generación más joven de ellas, la generación digital, me quedé con el concepto de Javier Elzo, especialista donde los haya (y al cual recomiendo) en el estudio de la juventud hace varias generaciones. Al menos él, eludiendo de la generalidad, clasifica en cuatro grupos a nuestros jóvenes, algo es algo.

En sus estudios y conclusiones las características que distinguen los cuatro grupos que forman parte de una misma generación llegan a ser completamente opuestas y contrarias entre ellas, por tanto lo considero una aproximación a la realidad.

Percibo que muchos de los que hablan o bien olvidaron su juventud, o tienen un recuerdo idealizado de cómo fue o simplemente ellos creen que su caso personal es el reflejo de sus tiempos. Tanto la generalidad como la personificación de una experiencia a la totalidad las considero erróneas.

No dejemos de pensar que lo largo de la historia, e independientemente de haber nacido en Manhattan o en la selva amazónica, los jóvenes siempre se han enfrentado a sus mayores y “luchado” por cambiar su sistema de vida. Y los “mayores” siempre han sentido cierta frustración por no comprender a sus jóvenes. Es ley de vida, innato al ser humano, los tiempos cambian, y demos gracias que siempre cambiarán.

Mi punto de vista y lo que he podido estudiar sobre el tema me obliga a recordarles que todos fuimos jóvenes y algunas generaciones hemos convivido entre universitarios exitosos, tops models, cantantes en las primeras listas con su primer single y muchas, muchísimas víctimas mortales de las drogas, gente normal que sacaba la carrera a duras penas y otros que ni siquiera aspiraban a ver una universidad en su vida.

Y de allí venimos los “babyboomers” (hace poco supe que tenemos un nombre). Descubrimos Internet a medidados de los 90’ con apenas “veinteytantos” años, los móviles, las páginas web, el correo electrónico, el Messenger y los foros antes de los 30,  y aún éramos jóvenes.

Hay un mito que relaciona directamente la edad con la tecnología, los móviles e internet. Todos conocemos mayores de 50 y 60 años muy hábiles, y adolescentes que se niegan a tener redes sociales. ¿Han oido hablar de los Knowmads? Es una forma de vida, de trabajar y de ser, no una edad, y es en este concepto donde los tópicos se derrumban para la desgracia de los “generacionistas”.

La mayoría de las personas que conozco tienen una preciosa historia que contar por culpa de una máquina. La tecnología y los móviles han supuesto una explosión de la sociabilización. Y nadie me quita esa idea. Grandes amistades se han fraguado gracias a las “maquinitas”, a las redes sociales y a la oportunidad de poder conectar con mentes e ideas como las nuestras, independientemente del país donde vivas, del barrio donde te tocó nacer o vivir, de la “puñetera” familia que te ha tocado o del maldito colegio en el que nadie te entiende.

Saquen las conclusiones que quieran, si los niños no van al parque es porque sus padres no los llevan, si veis jóvenes arrepiñados en un banco cada uno con su móvil pueden estar riéndose a carcajadas con el compañero que no pudo salir por culpa de una gripe. Hay que educar y enseñar a nuestros hijos a moverse en el mundo actual, no en el de hace más de 30 años. ¿Es necesario un esfuerzo? Educar nunca fue sencillo para ningún padre.

Si me estás leyendo ahora es porque gracias a la tecnología nos unieron las ideas y nos seguimos en las redes sociales aunque nunca nos hayamos visto. Y aunque nunca nos hemos visto, compartimos alegrías, tristezas, aburrimiento e indignación cada día, libremente y sin obligación, no como aquel “amigo” que se ofende porque “hace tres meses que no tomamos una cerveza juntos”.

Gracias a las tecnologías y los móviles sabemos que no estamos solos, que si algo sucede en mitad de la noche con el coche, alguien nos va a socorrer, que si estamos enfermos y es el cumpleaños del peque no se quedará sin regalo, que cuando nuestros hijos se muden podremos escuchar su voz y ver el brillo de sus ojos a través de Skype.

En el campo corporativo nos hace más productivos, ha dado acceso a pequeños y medianas empresas a dar a conocer su trabajo. Hace posible que músicos, escritores, profesores y profesionales de todos las ramas tengan su propia voz, más allá de su ámbito geográfico. Estamos en la era del conocimiento, de la información, de la transformación digital para hacernos la vida mucho más sencilla y satisfactoria.

Que no me cuenten historias, que el problema no es el martillo, es la mano que lo levanta.

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Nací en el año de la revolución del 68. En aquellos tiempos los cuerpos femeninos conocían la minifalda, el bikini, los vestiditos, o las tirantas. Junto a los cambios en nuestra forma de vestir se dieron uno de los mayores saltos hacia la libertad de la mujer.

Mi madre me trajo al mundo con 23 años. Había crecido en un mundo donde la mujer no podía tener cuentas corrientes a su nombre, dependía financieramente y legalmente de un hombre y el adulterio si era cometido por una mujer era penado con la cárcel. Su padre consideraba a la mujer un nivel inferior a un caballo o un perro. Así fue para muchas, más de lo que se pueden imaginar.

En ese ambiente nacimos muchas. En ese ambiente, nuestras madres nos educaron para que muestro mundo fuera distinto. Y consiguieron hacernos ver que nosotras éramos las que debíamos contribuir a cambiarlo, y mantenerlo. Nos educaron de forma distinta a aquella que lo hicieron sus madres, nuestras abuelas.

La universidad para nosotras era obligatoria, había que demostrar que éramos igual de capaces que ellos, que no todas teníamos que ser enfermeras, secretarías o esposas, hacer deportes o arreglar un enchufe, a ser independientes, a poder vivir sin depender de nadie.
Recuerdo que en las clases de informática o las carreras de ciencias éramos siempre una de cada diez como máximo, o pocas osamos a conducir una moto que no fuera una Scooter.

Aprendimos a no ser “la mujer de” y ser simplemente nosotras, a no dejar que nadie por el hecho de ser hombre pudiera decirte qué hacer. Tuvimos que filtrar entre muchísimos jóvenes los machistas de los oportunistas que se consideraban feministas para vivir a costa de cualquiera de nosotras. No sobrecargarnos de trabajo por querer hacerlo todo y no ha sido fácil. Por lo general es más fácil “hacerlo y punto” que delegar y vivir en un caos, aunque sé que muchas de nosotras no lo ha conseguido.

Enfrentarnos a nuestros padres para que nuestros hermanos colaboraran en las tareas del hogar igual que nosotras, y no se sintieran superiores.

En nuestra forma de vestir había que negociar la altura de la falda, el tamaño del escote, la altura de los tacones, el uso de algo de maquillaje para ir a una fiesta, buscar playas para tomar el sol en topless en paz sin insultos ni amenazas, etc.

Nunca perdimos nuestro derecho a ser mujeres y no transformarnos en aquello que ya existía de niñas, la anti mujer. Aquella que debía descuidar su aspecto para demostrar que era igual a un hombre, a un hombre que lógicamente descuida su aspecto. Ellas creían que si te arreglabas o usabas tacones o una vestimenta determinada, no eras una mujer liberada. Entre unos y otros, regateando entre todos los extremos hemos llegado hasta aquí. Madres, trabajadoras, cuidadas hasta el punto que hemos podido hacerlo por la naturaleza y la genética de cada una y educando a nuestros hijos que para ser mujer no hay que dejar de serlo, y que para ser hombre no tienes que ser más ni mejor que una mujer.

Nos enseñaron en definitiva a ser mujeres, madres y por encima de todo personas. Ese rol tan complicado y que tan poca base de experiencia se tenía en la historia de nuestra humanidad salvo raras excepciones. Podíamos admirar tanto a una gran científica como a una de las súper modelos que invadían los medios, nada era incompatible. Y nadie nos contó cómo hacerlo. Solo había que sentirlo.

Las nuevas feministas en mi opinión  deben tener pendientes aún cómo ser personas por encima de todo. No han aprendido a decir No, no saben escoger y filtrar aquellas personas con las que merece compartir el tiempo y la vida. No han sabido y no saben que los demás no son como ellas quieren, que son ellas las que deben decidir con quién estar o a quienes rechazar. No aceptan que otras mujeres puedan ser aparentemente más atractivas. La envidia, los celos y la poca confianza en sí mismas les produce una tremenda insatisfacción que o bien les hace desear dejar de comer para convertirse en “aquella” o prefieren que se cree una cultura antifemenina para prevalecer sobre las demás. La condición física nunca es impedimento ni refugio de traumas y falta de amor propio. Todo ello es superficialidad. Ni la belleza se transforma con un maquillaje, ni te sientes más segura por perder unos kilos. Es algo más profundo que un milagro de Photoshop.

Me aterra pensar que mujeres hechas y derechas sienten vergüenza de sus kilos de más y de su tripa vencida por los hijos o las marcas de su trabajo sedentario para disfrutar de su traje de baño, caminar tranquilas por la playa o jugar con sus hijos y nietos.

Ser persona en este sentido es vencer los estereotipos y estar orgullosos de quienes somos, o al menos ser conscientes de nuestros complejos e intentar resolverlos. La belleza está en la seguridad en sí mismo, la dulzura de una mirada, la risa sincera y mil características más que no caben en este post.

Siento que ellas defienden la libertad de oprimir, de consentir la opresión y achacarla a un mero símbolo cultural. De símbolos culturales estábamos llenos aquí en los años cincuenta. No es el camino que nuestras madres y abuelas tomaron y hoy nos hace ser quienes somos como mujeres.

No es cultural que existan países donde la mujer debe ir tapada para no ser agredida y condenada. No admitiremos muchas de nosotras que ellas digan que prefieren ir así, que es una opción. No al menos hasta que puedan hacerlo al menos cuando lo deseen sin suponer un conflicto familiar o legal. Igual que no admitíamos a aquellas mujeres que educaban hace años a sus hijos como auténticos machistas con derecho a pegar a su mujer “cuando se portaba mal”. O tampoco admitíamos aquellos señores que nos llamaban de todo por tomar el sol en topless aunque fuera legalmente permitido.

No les dimos la razón a nuestros machistas contemporáneos, no os vamos a dar la razón a vosotras busquéis los argumentos que busquéis.

 

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Te paras a pensar y haces la cuenta del número de personas responsables, honestas y cumplidoras que has conocido. La media es bastante mala. Cuando eres joven crees que madurar y convertirte en adulto es convertir principalmente esas cualidades en realidad, en parte de tu forma de ser y actuar.

Falso, existe una gran parte de ellos que se hace adulto sin tener en cuenta ninguno de esos valores que tus padres te enseñaron. Miras alrededor y ves tanto mediocre, irresponsable, pasota, deshonesto y desinteresado que llegan más lejos que tú, que te hace cuestionar si realmente no has hecho “el tonto” creciendo y madurando.

Te preguntarás cómo ellos consiguen alcanzar todo aquello que a ti te cuesta tanto. Lo desconozco, no tengo referencias, nadie me enseñó a ser distinta.

Siento decirte que no puedo educarte de otra forma. Se supone que siendo honesto, cumplidor, esforzado, responsable y competente llegaras al lugar que te propongas. No es que no lo haya conseguido, por el momento no me puedo quejar, aunque tengo que confesarte que te sentirás desmotivado cuando veas los irresponsables crecer y tal vez alcanzar mejores puestos que tú.

Quizás te desesperes cuando observes la falta de interés de aquellos con los que trabajas por realizar un trabajo bien hecho. Te angustiarás cuando los deshonestos consigan más y más poder e incluso intenten controlar tu vida.
Te deprimirás cuando los incompetentes profesionales, lo sean por voluntad propia y aún así parezca que sufren menos para llegar al mismo lugar que tú.

Me gustaría enseñarte a vivir en este mundo hipócrita y falso donde la gente normal escasea o tal vez se esconde. Pero no me enseñaron cómo hacerlo de otra forma.

Sí te cuento que aunque sientas todo esto, rabia, depresión o impotencia, algo puedo enseñarte.

No mirar lo que hacen los demás, ni hasta dónde pueden llegar. Dedícate a cumplir tus sueños. Constrúyelos en el aire, da forma a cada detalle, recréate en tu imaginación y sonríe, disfrútalo mientras lo haces.

Acuéstate cada noche construyendo el siguiente paso y amanece cada día dando ese paso más, acercándote a él. Planifica. No tengas miedo de sufrir por el camino, te decepcionarás más veces de las que crees soportar. Solo quien se puso a prueba y lo intentó consiguió alcanzar la meta. Si te paras tienes la absoluta certeza de que nunca lo conseguirás. Muchos te intentarán convencer de que estás loco, te pintarán tus planes de color grisáceo. No les prestes atención, solo tienen celos de quién es capaz de vivir su sueño.
Vive cada día acercándote un poco más a todo aquello que deseas para tu vida, y si cambias de opinión, cambia de dirección. Pero nunca mires qué hacen los mediocres a tu alrededor.

¡Hay tantas cosas que tengo que enseñarte y que sé que querrás aprender por ti mismo! Pero aquí lo dejo, en todos estos apuntes. Si un día no estoy y necesitas respuestas, quizás alguna de estas líneas del blog puedan hacerlo por mí.

Falta el aire, ahoga y asfixia. Diluye 

Como un agujero negro absorbiendo la luz. Apaga aunque te resistas, te debatas o mires hacia otro lado.

La falsedad y la hipocresía, el ego perpetuo incesante y constante lo envuelve todo. Falta la espontaneidad y la banalidad, el desenfado y el bienestar.

Sobran rutinas convertidas en palabras, aburrimiento mental que oxida las ideas y frena las alas de la imaginación. Sobra planificar los minutos y despreciar a cambio el impulso. Sobra el ABC de cada día, y cada una de sus letras. 

Falta dar patadas a las casillas, resistirse a ser una pieza más del puzzle que dicen solo encajar en un lugar. 

Qué triste y predecible, en palabras y pensamientos, en frases hechas y conversaciones ensambladas llenas de tópicos, vacías de contenido.

Qué vacías suenan las risas cuando son premeditadas. Es un absurdo vivir en la superficie. 

Qué triste pensar que los demás son inferiores o simplemente tontos, carentes de memoria y si acaso sin sentido común para razonar por si mismos. Qué avergonzante es el orgullo y la superioridad moral.

Qué deprimente aquel que calla esperando la tormenta pasar, incapaz de resolver sus conflictos y deja sin final una historia que debe terminar. Qué falta de respeto abandonar aquello que se comienza y huir de la realidad.

Qué vida triste la de aquel que no posee la risa espontánea ni la siente. Que no dibuja la sonrisa sin razón.

Qué horror vivir pendiente del ego y olvidar que detrás de él existes.

Yo pensé que eras distinto….

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“Las de arriba eran sus madres” del tuit de @AmvYo

He tenido guardado este escrito un año, esperando equivocarme y que algo me hiciera cambiar de opinión. Me equivoqué, es cada vez peor.

Un batiburrillo de emociones han venido a mi mente al leer a Carlos Esteban en su artículo cuando cita una anécdota más sobre las medidas que se toman o dejan de tomar respecto a la avalancha de refugiados que llega a Europa. En el artículo “Izquierda e Islam, la extraña pareja” cita:
“Las autoridades de un colegio bávaro han enviado a los padres de las alumnas una carta en la que “recomiendan” que las chicas eviten minifaldas y otras prendas provocativas “para no ofender” a los migrantes acogidos en el gimnasio del centro.”

A propósito de tal “recomendación” y por si alguien en este país se siente identificado y solidario con ello, me ha planteado algunas reflexiones.

Esto es una declaración de principios y creo que muchas mujeres se verán reflejadas en ellos.

Hace un par de semanas salía a cenar con mi pareja a una celebración, un sábado creo recordar. Como suele ser habitual en estas ocasiones, te arreglas, escoges un bonito vestido y intentas disimular que los años han pasado y ya no eres una jovencita. La cena era en la zona turística, en el centro de la ciudad, uno de aquellos lugares en los que estamos acostumbrados a ver más turistas extranjeros que nacionales.

Si vives en el sur de España, probablemente estás acostumbrada a que te miren de arriba abajo (o te digan de todo) a cualquier hora del día, especialmente si has pasado tu adolescencia en los ochenta y tenías de camino al instituto varios talleres de coches y solares en construcción. No es que yo sea nada del otro jueves, tampoco la indumentaria creo que tuviera mucho que ver, más bien creo que es una cuestión cultural con la que convives y terminas acostumbrándote.

Ahora bien, y voy de lleno al asunto. Saliendo del parking aquella noche de verano, nos cruzamos con varios grupos, familias y parejas de turistas diferentes a los que estamos acostumbrados.

Ellas tapadas hasta los ojos, con un velo que no dejaba asomarse ni un resquicio de su rostro, ellos en bermudas y camisetas tal y como vestiría cualquiera de la ciudad. No tengo ningún inconveniente en como se viste o acicala cada cual. No es asunto mío, por coherencia, por principios. Por cumplir a “raja tabla” lo que tantas veces hemos tenido que decir las chicas de nuestra generación a nuestros padres, “me pongo lo que quiera, y no se trata de ser indecente o no, se trata de ir a gusto con lo que llevas puesto”.

Ni siquiera hubiera percibido la presencia de las chicas o señoras tapadas hasta los ojos si no fuera por la forma en que ellas y ellos giraban sus cuerpos y sus cabezas, tanto de arriba abajo como de izquierda a derecha. Sentí que prefería la mirada de los diez señores que comían su bocadillo en la puerta del taller cuando pasaba por allí con apenas 15 años a aquellas miradas.

La experiencia continuó durante cinco minutos más, varios grupos parecidos durante el recorrido me hicieron sentir ganas de haberme quedado en casa. No es fácil describir el desprecio que aquellas miradas me hacían sentir.

Inseguridad, mucha, comprendo que no estén acostumbrados, que seamos una especie de alienígenas, me perdonen. Pero aún recuerdo mi última visita a Tánger y cómo por solo llevar vaqueros en la maleta no podía caminar por la calle tranquila sin que avalanchas de chicos me agarraran el trasero. Tal fue el acoso que el primer día, que  refugiados en una tetería un señor que había vivido en Alemania muchos años me aconsejó, mientras tomábamos un té de menta, que nos fuéramos al sur a Asilah, un lugar donde están habituados a recibir extranjeros de turismo.

Creo que debemos defender nuestra cultura y sí, ser intolerantes con aquellas que desean anular todo nuestro progreso hacia las libertades. Especialmente si eres mujer. Porque las libertades que poseemos las mujeres en Occidente se han fraguado desde dentro de nuestros hogares, en las luchas y reivindicaciones intergeneracionales, en nuestra forma de seleccionar amistades, y parejas, en la práctica de hacerle el vacío a aquellos chicos que se sobrepasaban por el hecho de llevar un escote o mostrar la rodilla..

Esa pelea incansable por ocupar nuestro puesto como personas y ser nosotras mismas y no “la mujer de”. Por demostrar que no somos tontas y esforzarnos académicamente para ser las mejores o al menos estar entre ellos. Por ser capaces de estar presentes en carreras y profesiones tradicionalmente de hombres.
En demostrar que éramos igual de buenas en ciencias, que somos también jefas, capaces de hacer todo lo que necesitemos sin la ayuda de un señor a nuestro lado. Es por ello que soy intolerante con los intolerantes. A quien no le guste, puede escoger, que por ello somos libres. Vaya usted con Dios.