Desenmascarando el maltrato psicológico


 VID44_Pagina_01_Imagen_0001Estos años, convivo con gente joven, bastante más joven que yo. Si no fuese por mi decisión de volver a estudiar, quizás no tendría contacto con ellos. Están entre mi generación y la de mis hijos. Me ha llamado mucho la atención especialmente en las chicas durante estos años, como se sumergen en relaciones donde, ellas cuentan cómo en la mayoría de los casos discuten y “pelean” con sus parejas y mientras lo van narrando siempre tiene la misma estructura: primero ellas explican el motivo de su enfado, como llegó al límite y finalizan la historia con algún sentimiento de culpabilidad tipo “es que yo tengo muy mal genio”, “el pobre tampoco había hecho tanto…”

Si digo la verdad, cuando escucho sus historias me estremezco, una tras otra en cada caso, reflejan lo que una chica no debería de soportar, ellas los disculpan en todo, aunque no estén de acuerdo en el fondo con casi nada. Las veo llegar algunas mañanas con la mirada triste, más tarde cuentan una anécdota mas de lo que pasó… Ese no es el rostro de una chica enamorada. Es el rostro de una relación dependiente, tóxica… ¿Pero lamentablemente no puedo hacer nada?, ¿cada uno tiene que ver con sus propios ojos y sufrir para realmente ser consciente?.

 Aquí dejo para ellas, o para quien le pueda ser de utilidad, un testimonio de una chica, una amiga, que poco a poco se sumergió en las garras del maltrato psicológico sin apenas percibirlo, hasta que “casi” fue demasiado tarde.

“Quizás debí darme cuenta (mente inocente) que mientras yo intentaba sentir el aire que respiraba, tenia a mi lado a alguien mucho más vivido que yo, mayor y más experimentado y sobre todo, el observaba toda la situación con la mente, en cuanto yo andaba pendiente de los latidos del corazón, vulnerable…

Me deje “enamorar” o “encantar”. De un fantasma que tomó un disfraz para seducir a una víctima. No lo vi, no conseguí abrir los ojos hasta que fue demasiado tarde… solo quería sentirme a mi misma, a un hijo dentro de mi, y vivir en mi hijo la infancia que pensé sería perfecta y así tener por fin una familia feliz.

Cuando quedé embarazada comenzó a aparecer la persona que realmente era, comenzó a tratarme mal, a gritarme, insultarme y discutir por cualquier tontería. Me hacia sentir inferior e incapaz de hacer casi nada. Al nacer el pequeño empeoró aún más. Incluso me agredió con el bebe en brazos. Desde entonces comencé a huir de los enfrentamientos, de sus ataques de ira, me dejaba convencer por un “lo siento”, unas “disculpas” después de cada rabieta, que cada día eran más frecuentes. En la mayoría de los casos me sentía responsable por los enfrentamientos, quizás era yo y mi fuerte carácter la culpable de todo.

El dejó de trabajar, de ayudar en casa, y fumar marihuana a cualquier hora (no me estoy posicionando en contra ni a favor). Y si bebía una cerveza, se convertía en el mismísimo diablo, agredía verbalmente, golpeaba y rompía cualquier cosa que encontrase. Sin embargo, yo seguía manteniendo mi objetivo, una familia feliz, discusiones las tiene todo el mundo, me decía a mi misma.

Poco a poco conocí gente, hice amigos aunque era bastante hermética. Y vi, comencé a ver, y me hicieron ver, que no eran discusiones normales. Estaba acabando con mi autoestima. Mi hijo tenia tres años y yo hacía dos que no me miraba al espejo, tan solo me veía, perdí el interés por arreglarme, me veía fea y cansada. Me llamaba vieja con 30 años, me gritaba y menospreciaba en las reuniones a las que íbamos juntos, tuve que dejar de conducir con el, para dejar de escucharle como lo hacia mal (y puedo afirmar que soy una buena conductora, no es por nada), casi nada de lo que hacia estaba bien, el viajaba y tardaba varios días en volver, etc. Hasta que mi mirada se entristeció y perdí mi larga melena a mechones, en menos de dos meses cayó más de la mitad del pelo. Lo tomé como una señal de alarma, ese no era el plan.

Me mataba a trabajar dentro y fuera de casa para traer algo de dinero, nunca me gusto pedir dinero a mis padres. Era mi total responsabilidad la vida que había elegido y mentía sobre nuestra relación a todos, inventaba excusas y hasta logré convencer a los demás que la perdida de cabello era hormonal.

Cuando el discutía, lo evitaba, no era posible que en mi casa también hubiera gritos e insultos como en casa de mis padres. En verano, después del horario del restaurante donde trabajaba, al menos podía huir con mis amigas, reconfortarme entre sus palabras y su cariño. Pero al llegar cada invierno, volvía a mi cárcel de oro, y cada vez más el sueño se alejaba.

Comenzó a maltratar a nuestro hijo, cuando tenía 5 años. A humillarle como hacia conmigo, era una presa fácil para aquel odio que sentía dentro de el. Odio, ¿por?, nunca lo sabré, ¿por qué sentía tanto odio por unos u otros?. Si sé, en cambio, que siempre procuraba tener una víctima en su casa. Estaba claro que no era feliz.

Así soporte estoicamente, los pilares de mi familia que aunque pequeña se hacía una carga cada vez más pesada por sus ataques de ira, genio y humillaciones. Y después de 5 minutos ¡quería cariños…!, ¿cómo después de humillarme abriría mi corazón?. No puedo contar lo que entonces sucedía. Lo peor de todo, es esa actitud que hiere profundamente y no cicatriza y a cada día se hace mas profunda.

Le propuse dejar de fumar marihuana… no quiso, le di a escoger entre las “drogas o yo”, nada funcionó. Le aconsejé que se diera unas vacaciones con su familia para recapacitar sobre todo… tampoco funcionó.

Tan solo quería estar todo el día tumbado, fumando y viendo televisión, alegando estar enfermo (lo cual era falso). Y así un año con un vegetal en casa, que cuando se movía era para irradiar la infelicidad que el sentía sobre el primero que encontrase en el camino.

Un día mi cuerpo le dijo a mi mente que ya bastaba. Tuve una crisis de ansiedad que me llevo a las puertas de la muerte, sintiendo como mi cuerpo dejaba de funcionar poco a poco. Primero deje de sentir los dedos, después las manos y los pies, la cara, la lengua, los brazos, las piernas… y la respiración dejaba de tener ritmo. Llegué al médico con el cuerpo paralizado y 35 grados de temperatura corporal, azul.

No le deseo a nadie estar plenamente consciente y ver tu cuerpo parando de funcionar poco a poco. Un Valium de 10 mg en la vena tardó en dormirme ocho horas después (y era el primer calmante de mi vida). El doctor me dejó aquella noche en observación en su casa, allí dormí y el se marchó a casa, con nuestro hijo.

La mañana siguiente, el vino a buscarme, tan solo cinco minutos después de desayunar comenzó de nuevo una discusión. Ya no sabia que hacer, pero era necesario…. El médico al ver tal escena en su casa, además de ser amigo es psiquiatra, me dijo que ni se me pasase por la cabeza volver a casa, era sábado de Carnaval y no podía estresarme, ni trabajar y mucho menos con aquel ambiente familiar. Llamó a una amiga nuestra que me recogió y me llevó a su casa.

Así inicie la recuperación que duró 5 días, hasta que el Carnaval pasó. El mismo miércoles de ceniza volví a casa. Allí estaba el, en el porche de casa, subí las escaleras y lo abracé, “ya he vuelto a casa, me encuentro mucho mejor” le dije. El me rechazó con un empujón que me hizo perder el equilibrio. Comenzó a gritarme, pero no recuerdo qué, no conseguía escucharlo, solo los gritos, los golpes, la violencia que salía de sus gestos y voz me aterrorizaron.

Tuve miedo, por mi, por mi hijo, por mi amiga que me acompañaba. Solo pensé como quien piensa cuando alguien tiene miedo: ¡salir corriendo!. No sin decirle a la chica que cuidaba de mi hijo que se marchara a dormir a casa de la vecina, allí no se atrevería a hacerle daño. Es lo que pensé, que lo haría para vengarse de mi. ¡Yo no había hecho nada! Pero ese odio que el tenía dentro era como si un bicho, un demonio lo hubiera poseído. Hasta tenia la cara transformada como en una película de terror.

Los gritos se escuchaban a 200 metros mientras nos alejábamos de allí aterrorizados… Llegamos a casa de mi amiga con todos los poros de la piel erizados, los vellos de punta, no pude decir nada durante todo el camino, ni al llegar a su casa, estábamos todos mudos. Poco después el llegó. Salí al porche de la segunda planta y lo vi allí abajo, y una vez más dijo: “disculpas”.

Pero, ¿sabéis?. Ya era demasiado tarde, solo salió de mi, de mi alma: “¡NO! ¡Ya no puedo más, estas acabando conmigo¡.

Aun así, lo vi meses después. Desee que fuera feliz solo, ya que no lo era con nosotros, que buscara la felicidad y que lo quería mucho. Pero a partir del primer encuentro, solo ha llamado y enviado mensajes para desearme la muerte, pidiendo que me pudriera, insultándome y algunas frases irrepetibles del peor calibre.

En las pocas visitas que ha tenido con mi hijo, en algunas me ha pedido dinero para estar con el, para después, sin tener que pagar manutención se ha dedicado a comer gambas y hacer comilonas varias. El niño regresaba a casa malhumorado, irascible y violento a imagen y semejanza del padre, dando portazos e infeliz. Hoy tiene 17 años y no lo ve hace 7, y es porque no quiere verlo. Palabras textuales: “porque me encuentro muy bien y no necesito nada…” No solicito el divorcio, para que un juez no lo obligue a pasar el tiempo con su padre, sólo nos queda un año más y será mayor de edad y libre, tal y como yo había deseado desde un principio para el.

No, no queremos verlo, nos hace daño cuando está cerca, nos hunde a los dos, a mi y a mi hijo y es así la única forma de tener lo se que debe tener, paz de espíritu, para mi y sobre todo para mi hijo. Por nada del mundo nadie le hace daño a el, ni siquiera en el alma, es mi deber como madre, educarlo para que no confunda el amor y la humillación en el mismo paquete. Quien ama no tortura psicológicamente.

9 Comments

  1. Sobrecogedora historia! Es espeluznante hasta donde puede llegar el maltrato. Lola, gracias por contarlo y enhorabuena a esa mujer que al fín supo y/o pudo escapar de esa tela de araña pegajosa que es el maltrato.

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  2. Muchas gracias por éste post, muchas gracias por compartir con todos un relato ejemplificante de a lo que puede llegar un maltratador psicológico, una variante poco conocida del maltrato en general y muchas gracias por volver a escribir y continuar removiendo nuestras conciencias.
    Todos contra el maltrato y como bien dices quién ama no tortura, de ninguna de las maneras.

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  3. Yo he vivido la situación de maltrato psicológico desde el otro lado, y con un hijo no biológico como chantaje…y lo peor, yo no puedo huir al no tener ningún derecho legal. Mi solidaridad con tu amiga, hay personas toxicas que nos hacen sentir extrañamente culpables…porque no acertamos a ver en que punto pudimos parar eso o como fue posible llegar hasta ese punto. Tu amiga tuvo suerte de huir.

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  4. Gracias Lola por compartir este estremecedor relato.

    Estoy convencido de que todo empieza con las agresiones verbales y acaba degenerando en el resto cosas, hasta llevarte a situaciones límites.

    Es una lástima que no se enseñe en la escuela a los más pequeños a defenderse de las agresiones verbales. Aprendemos a base de experiencias negativas… y esto es evitable.

    Mi reconocimiento a esa luchadora anónima que tuvo el valor de decir !basta!

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    1. Gracias por tu comentario Patxi, y bienvenido al blog. Es un placer tenerte como seguidor. Daré de tu parte el mensaje al “anónimo” protagonista de esta historia. Si todos fueran capaces de dar señales, pistas y declaraciones sobre el maltrato, muchos despertarían antes de que fuera demasiado tarde. Animo a todos los que tengan una historia que contar a dejarla para que otros puedan aprender de los errores y equivocaciones que se comenten desde la inocencia.
      ¡Un abrazo!

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